sábado, 31 de marzo de 2012

VIOLETA - Capítulo 1 (Parte 1)


Encuentro

Hacía varias noches que esa cosa se había escapado del laboratorio y, como todos los días desde entonces, Josh dudó si salir a la calle y dejar a Dia solo en casa. Finalmente, esa tarde se armó de valor, cogió un palo largo que antes había sido parte del marco de alguna puerta y salió a la calle. Con el macuto a la espalda y una postura tensa, miró bien a los dos lados de la calle antes y mientras cerraba la puerta. Luego echó a andar por el callejón desierto en dirección a la plaza.

Suspiró. Desde que esa cosa se había escapado del laboratorio nadie salía de su casa sin una razón muy importante y, a ser posible, acompañado y armado todo lo que podía. Josh lo máximo que tenía en casa era ese palo y no podía llevarse a Dia a ninguna parte, su hermano no estaba para salir a la calle precisamente. No conseguía explicarse cómo a los del laboratorio se les había escapado aquel animal, ni cómo había escapado este matando a doce guardias por el camino sin que nadie se enterase. Los cuerpos habían sido encontrados al día siguiente, cuando la luz trémula del amanecer había llegado para facilitar un poco la búsqueda. No tenía ni idea de qué podía ser esa cosa pero tenía que ser muy inteligente para matar a todos esos guardias en su huida y esconderlos hasta el día siguiente, y sobre todo, para salir del enorme complejo. Sacudió la cabeza. Como fuera, aquello no era asunto suyo siempre y cuando no dañara o tuviera nada que ver con Dia. Sólo terminaría las compras rápido y volvería a casa en seguida.

Llegado a la plaza se dirijo rápidamente a la panadería e hizo acopio de todo lo que pudo comprar, luego se dirigió a la carnicería y más tarde a la frutería. Todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto pero también tenían una abertura en alguna parte de al puerta para ver quién llegaba y dejarle entrar. Tampoco se podía asegurar que aquellas medidas funcionaran contra lo que se había escapado del laboratorio pero así todos se sentían más seguros.

–Josh, cariño, ¿te has enterado de lo último que ha hecho esa cosa del laboratorio? –le dijo Sarah, la vieja frutera, con cara preocupada.

Él frunció el ceño.

–No.

–Ay, pues yo que tú tendría cuidado cuando fuera por las calles de la ciudad. Al parecer el monstruo ese ha estado matando en la ciudad –le dijo ella mientras un escalofrío le recorría el cuerpo–. Al parecer es verdad que está aquí. Sólo han sido unos cuantos perros pero los han encontrado casi descuartizados y medio enterrados. Uno de los agentes dijo que el sitio olía a sangre que echaba para atrás.

Josh tragó saliva. Era lo suficiente mayorcito con 31 años como para no asustarse con cuentos de viejas pero Sarah no solía mentir ni exagerar demasiado las cosas y tal y como estaban las circunstancias... mejor darse prisa y no dejar mucho rato solo a Dia.

–Gracias, Sarah, de verdad. Por la comida y la información. Me vuelvo a casa.

Pudo oír cómo los cerrojos sonaban al salir a la calle y las tablas de madera caían al otro lado de la puerta y se apresuró todo lo que pudo hasta casa. Llevaba el macuto más lleno que antes, que no lleno, y lo mantenía bajo el brazo para protegerlo de lo que pudiera cruzarse con él; en la otra mano el palo se agitaba gracias a la fricción del aire por la carrera. Las calles estaban desiertas y pudo ver que las ventanas estaban cerradas a cal y canto, o todo lo a cal y canto que se podía en esa ciudad. Aunque probablemente hubiese alguien detrás de cada una al acecho del peligro que se cernía sobre ellos.

Casi se le fue todo el aire que había estado conteniendo por la boca cuando llegó a la puerta de su casa. Sacó la llave y estaba a punto de abrir la puerta cuando vio un reguero de un líquido rojo resbalando por el cauce barroso del centro del callejón. Se le pusieron los pelos como escarpias al comprobar que aquello era sangre y el olor del hierro empezó a entrarle por las fosas nasales. Como si le hubiera dado una apoplejía, Josh trató de encajar la llave en la cerradura pero le tomó unos preciosos instantes acertar y girar el bombín en el ángulo correcto para que se abriera la puerta. Una vez hecho esto la cerró desde dentro y casi se derrumba sobre la destartalada mesa que ocupaba la mayor parte de la entrada. El corazón le latía con fuerza, como queriendo señalar que pasase lo que pasase ahí fuera él todavía estaba dentro, vivo, y que seguía sintiendo miedo. Sus jadeos llenaron el cuarto y tardó un rato en poder ponerse de pie apoyándose en sus temblorosas manos.

Escuchó con atención para descubrir si el ruido había despertado a Dia, que dormía en el piso de arriba, y habiendo comprobado que no, tomó una decisión. Guardó los alimentos en la despensa y el refrigerador escacharrado de la cocina y se armó de valor para volver a abrir la puerta palo en mano. El reguero de sangre seguía ahí, sangre líquida que se juntaba con el barro, la tierra, la arena y los restos de lluvia de dos días atrás. La noche que esa cosa se había escapado también había estado lloviendo, como si el cielo quisiera limpiar la mugre de la ciudad, sin conseguirlo.

Tragó saliva y siguió la sangre pendiente arriba, atento al mínimo ruido, movimiento o sombra sospechosa que pudiera percibir. El callejón seguía recto pendiente arriba hasta que esta se acababa y la calle hacía un recodo en un edificio de cuatro plantas medio derruido. Entre medias había como unas trece casas que, achaparradas, se apoyaban unas en otras para no caerse al suelo. En los bajos de una que Josh bien conocía había una pequeña explanada que quizás antes había sido un parking improvisado para coches y que ahora sólo era una explanada de tierra. Casi se le para el corazón al acercarse y ver que la verja que normalmente la cerraba estaba rota formando un gran agujero. ¿Pero cómo de grande era esa cosa? Esta vez tenía la garganta seca así que por mucho que lo intentó no pudo tragar nada. Resignado, Josh adelantó un pie para entrar cuando un jadeo repentino le detuvo. Sonaba grave, descascarillado, como el jadeo de un enfermo terminal sin cuidado alguno o el de un perro moribundo. El reguero de sangre conducía derecho hacia el fondo así que no tuvo más remedio que entrar.

Se maldijo mentalmente por no llevar una linterna para saber qué había dentro exactamente pero al poco tiempo sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. Al fondo del patio interior había un par de figuras acurrucadas contra la pared. Una de las dos olía terriblemente a sangre y la otra era el origen de los jadeos y la respiración trabajosa. Se acercó con cuidado y cuando vio lo que eran las náuseas le pudieron y vomitó violentamente sobre el suelo cubierto de sangre y tierra. El bulto más cercano a la pared eran los restos de un perro, o lo que había sido un perro antes, desmembrado y con sus miembros apilados como si fueran una torre o una montaña de basura. Tras el el acceso de tos que sobrevino al vómito miró a la otra figura para descubrir a una joven de pelo negro que temblaba y lo miraba temblando. Parecía herida y febril pero sus ojos lo miraban fijamente, sin vacilar, atentos a todos sus movimientos. Directos y profundos. A Josh no le hizo falta pensar mucho.

–Dioses.

Se acercó a la muchacha con intención de sacarla de allí pero ella se resistió, arrebujándose más en sus ropas hechas pedazos.

–Por favor, déjame sacarte de aquí. Por favor.

Si fueron sus palabras o que las pocas fuerzas de la chica ya no la sostenían, Josh no lo sabía, pero de repente se dejó hacer y bajó los brazos, aun cuando no dejó de mirarlo con los ojos entrecerrados ni un solo momento. La cogió en brazos y cargó con ella con dificultad hasta la entrada al callejón. Al llegar a casa la dejó sobre el sillón destartalado del salón y la cubrió con una manta antes de subir al segundo piso para llenar la bañera de agua y lavarla. La pobre estaba cubierta de sangre de arriba a abajo, sobre todo las manos, pero curiosamente no tenía ninguna herida, a pesar de llevar un vendaje en el brazo con lo que parecían restos de sangre oscura.

Era obvio lo que había pasado, pensó apretando los dientes. Esa cosa que se había escapado del laboratorio los había atacado al perro y a ella y no se sabía porqué, a ella no le había hecho nada. Luego ella había apilado los restos del animal, puede que para darle algo parecido a una sepultura. Aunque en el estado en el que estaba... es normal que no hubiera podido hacer mucho.

–Ahh... ah.

Josh volvió la cabeza para ver a la chica, que lo miraba desde la bañera llena de agua. Parecía tener las cuerdas vocales agarrotadas y no podía hablar bien. Le revolvió el pelo con cariño.

–No te preocupes, ahora estás bien. Nadie va a venir por ti, aquí estás a salvo.

Ella lo miró como si no se pudiera creer lo que salía de sus labios para, más tarde, asentir despacio y apoyar la cabeza en la pared. Cuando acabó de lavarla estaba dormida y la sacó del baño con los ojos cerrados y la respiración más tranquila. Después de pensarlo un poco, la vistió con una vieja camiseta suya y unos pantalones cortos y la llevó al dormitorio que su hermano y él compartían. La cama era doble pero en ella no cabían los tres así que la puso junto a Dia, que no se despertó cuando la tapó con la sábana, y se bajó al piso inferior. Esa noche dormiría en el sofá pero antes tenía que colocar la compra y limpiar el suelo, que se había manchado de barro al entrar con la chica. También se aseguró de hacer todas las comprobaciones pertinentes en ventanas y puerta minuciosamente, esa cosa no iba a entrar en su casa sin más.

1 comentario:

La Petite Poupée dijo...

Un comienzo interesante, sin duda :) A ver qué pasa con lo que se ha escapado del laboratorio y con la chica esa :)

Besos^^